Como nosotros también hemos sido expats, entendemos la necesidad de buscar lo conocido de vez en cuando. Y lo maravilloso que es encontrar un sabor o un olor que te traiga recuerdos. Por ello queremos que aquí en Cientotreintaº quizá puedas encontrar una pizca de “casa”.

Con esta serie de posts queremos crear un espacio para compartir relatos de cosas que hemos echado de menos en algún momento. Así que esto no va dirigido solo a los expats, también a los viajeros, turistas, individuos multiculturales y multirraciales, a los ciudadanos del mundo que no son de ningún país en concreto y a cualquiera que haya sentido la ausencia de las cosas que se dan por sentado.

Yo tengo la suerte y desgracia de ser parte de aquellos ciudadanos del mundo para los que el concepto de “casa” cambia con frecuencia y muchas veces de manera abrupta. Esto me ha dado la oportunidad de vivir y adaptarme a diferentes lugares y culturas pero también la gran inestabilidad y vértigo de no tener un hogar fijo, de no ser parte de nada completamente y de todo absolutamente. Como cualquier ser humano siempre siento la gran necesidad de pertenecer pero irónicamente nunca soy capaz de negar mi naturaleza. Como se que no puedo apoyarme en los lugares, porque se esfuman cuando menos te lo esperas he aprendido a utilizar los recuerdos y experiencias como base segura y permanente de mi identidad.

ENTONCES ¿QUÉ ECHO DE MENOS?

PARTE 1: LA PUERTA TRASERA DE LA PANADERÍA DE LA ESQUINA DE LA PLAZA DE ARTEMONAS.

Si hay algo que se con certeza es que siempre voy a estar perdidamente enamorada de Sifnos. De la isla en concreto pero sobre todo de sus recuerdos.

Uno de ellos ha estado muy presente últimamente en mi mente:

El frescor de la madrugada, esa luz azul oscuro que huele a mañana. Vestidos, sandalias y camisas sudadas de bailar. La plaza vacía pero en la esquina hay luz, ya están ahí, ya están ahí porque huele. Llamamos a la puerta de atrás, nos conocen, nos sonríen pero están a lo suyo. Pasamos a través de los hornos, respirando aire dulce. La mujer que nos guía nos lleva hasta el mostrador de la tienda. Tria, parakalo! (tres, por favor). La bolsa de papel con la napolitana caliente y el chocolate todavía fundido. Mantequilla. Felicidad. Seguimos nuestro camino hacia casa. Y entonces siento que todo está bien en el mundo.

En mi primer día de trabajo en Cientotreintaº, llegue pronto por la mañana, me abrieron por la puerta de atrás, respire hondo y me inundó una enorme felicidad. Supe instantáneamente por qué. Olía exactamente igual: Tria, parakalo!