Encontré a Juan el Venezolano en la panadería de los hermanos Miragoli.

Juan, un perfecto caballero chapado a la antigua que tenía un aire de personaje literario, me tendió la mano para estrechármela, con un gesto me ofreció sentarme en una banqueta y le dijo al dependiente tras la máquina de café:

– Máximo, te presento a mi amigo Ignacio. Este muchacho es el experto en gastronomía más grande de todo Madrid. Ponle un café de esos tan estupendos que hacéis aquí.-

Máximo, era un barista de estatura normal, con un fenotipo típicamente italiano y parecía plenamente satisfecho con ello. Un bigote afilado que denotaba un cuidado diario y una vivacidad acorde con su aspecto.

La panadería era un lugar verdaderamente agradable en el que desayunar por segunda o tercera vez en una misma mañana. A través de los ventanales interiores se veía un obrador de pan y repostería de aspecto imponente. Los cruasanes, que Ignacio conocía y había comido a diario durante sus años de retiro en Haut-de-Seine, lucían suculentos y perfectamente alineados en la vitrina.

En el mostrador, una moza de aspecto entre escandinavo y medio oriental atendía con ternura y paciencia a una señora mayor que, indecisa, especulaba sobre qué pan sería el más adecuado para ella, ya que vivía sola, tenía muchos achaques y realmente no le convenía. Pero claro, le encantaba ese pan y verse privada de su mejor capricho, a sus años y con tan pocos placeres que le quedaban por disfrutar, no le hacía ninguna gracia.

Ignacio ya hacía rato que había dejado de prestar atención a Juan el Venezolano, que ahora le doraba la píldora a Máximo, y ni siquiera se había fijado en la moza, cuyo atractivo era notable. Sus ojos estaban clavados en los cruasanes como si de piedras preciosas u obras de arte se tratara. De repente, con un gesto alborotado y torpe, se levantó y en un instante estaba frente al mostrador pistola en mano:

– ¡Ya basta de tonterías! ¡Pon todos los cruasanes en la bolsa inmediatamente! –-le dijo a la moza– Y además ¡se escribe Croissant no Cruasán!-

La moza rompió a llorar. Juan el Venezolano observaba atónito. A Máximo parecía divertirle la escena. De repente, Ignacio cayó al suelo y, a su lado, la anciana sujetaba por la puntera el bastón con cuya empuñadura de plata acababa de golpear la cabeza del atracador. Hizo un ademán de volver a atizarle de nuevo y bajó el bastón.

La policía tardó quince minutos en llegar. El famoso Ladrón de Croissants, al que la policía francesa había intentado infructíferamente echar el guante durante tres años, iba camino de la comisaría de la calle de la Luna.